lunes, 23 de septiembre de 2019

Una aventura estúpida.


Una aventura estúpida.

Es tremendo lo que la estupidez humana puede realizar sin emplear para ello fundamento lógico que lo justifique. No es nuevo, o novedoso, como se quiera expresar, ¡Lo sé!

Es inconcebible encontrarse en medio de una situación de auténtico esperpento sin encontrar una causa que lo explique, muy al contrario, nos despista enormemente, las decisiones estúpidas son un auténtico despropósito.

Decía Carlo M. Cipolla en su libro(1), “las leyes fundamentales de la estupidez”, que las personas toman decisiones y obran con un objetivo, que, mediante su ejecución se puede obtener un beneficio personal o/y social, que otras personas o comunidades reciben esa ganancia como resultado de esas acciones intencionadas. Actuar de forma honesta e inteligente conlleva consecuencias positivas para otras personas y para nosotros mismos como generadores, a veces esas consecuencias no son del todo materiales, es la sensación de logro, que, si además le acompaña el reconocimiento ajeno, el nivel de satisfacción aumenta de forma considerable.

La estupidez tiene la característica de que no sabe, no puede o no quiere reconocer esas acciones en los demás, les cuesta… Además, está la cerrazón de creerse en poder de una magna sabiduría, porque un día leyeron un libro, o algo así, su “inteligencia” (perdón por el término aplicado a la estupidez) no da para mucho, está encarcelada dentro de las cuatro paredes que son cuatro reglas con las que se manejan y de ahí no se mueven. A veces es pensable creer que carecen de principios, esos que la mayor parte de la gente porta en el devenir de sus actos con su comportamiento, pues el estúpido obra por impulso sin pensar, y mucho menos razonar, sobre el efecto que sus actos puede generar. Las consecuencias de esos hechos pueden ser determinantes para del futuro de otras personas, pero no lo ven, no son capaces de ver más allá de sus propias narices.

Se preguntará el lector ¿A que viene tanta palabrería? Pues la respuesta está en línea con lo anteriormente descrito, paso a narrar lo que sucede en una casa de vecinos, mal llamada comunidad de vecinos.

Hace unos meses se planteaba por el presidente de dicha comunidad la necesidad de instalar un elevador, ascensor, puesto que el edificio carece de dicho servicio, dado que costa de cuatro plantas y los vecinos de los pisos superiores vienen reclamando desde hace bastante tiempo. La cuestión se plantea en junta, pero algunos propietarios muestran su desacuerdo puesto que a ellos no lo creen necesario. No obstante, una mayoría significativa si piensa que puede ser un beneficio y apoyan la idea, aportando también información y propuestas creativas. Llegado un momento todo va con viento a favor y nos las prometemos muy felices. Pero como siempre sucede en la vida, la felicidad es un estado transitorio que se acaba con traumatismo.

Un día presentamos la solicitud a la comunidad del conjunto de la urbanización con el fin de que se permitiese la ocupación de unos cinco metros cuadrados adjuntos a la pared del edificio para instalar en ellos la base del ascensor. Se sometió a votación de los propietarios con resultado favorable, muy favorable, solo se opuso uno de cada cinco, el computo global fue mayor de las dos terceras partes de los asistentes. Por otra parte, en fechas anteriores hicimos una propuesta vinculante al ayuntamiento a fin de ver si era viable el proyecto. Nos respondieron en positivo, nuestro proyecto era viable y hasta aquí llegó nuestra felicidad.

Pasadas unas fechas un informe de la administración comunica que dos propietarios, de los que votaron en negativo, presentarían una impugnación a la votación en base a que, según ellos, no se puede aplicar esa cesión si no es por una decisión unánime. En otras palabras, han utilizado formulismo de procedimiento para boicotear el proyecto y con ello su ejecución, manifestando que ellos no quieren un ascensor, bloqueando la posibilidad de mejora para otros propietarios que, si lo desean y en algún caso, lo necesitan.

Desde el punto de vista humano es deplorable la actitud de estos individuos, siempre se han destacado por planteamientos un tanto peregrinos en las asambleas de las comunidades, pero llegar a plantear un bloqueo de esas características es francamente deleznable.

Siempre se les ha considerado un tanto peculiares, algo raritos y muy especialmente poco sociables, no se relacionan demasiado con el resto de la comunidad, eso sí, entre ellos se llevan bien, se ve que la insensatez crea lazos.

He aquí la situación: Por un lado; una comunidad preocupada por mejorar su situación, y por otra; tres de sus miembros empeñados en que no crezca por un capricho personal. Esta gente no aprende que hay cosas en la vida que precisan de mejora por muy bien que estemos. Esta claro que lo hacen por impotencia personal, no saben, no pueden y no quieren. Que no quieren, esta más claro que un día de primavera. Que no pueden, claro seguro que necesitan la exigua economía para otros menesteres propios, algo aceptable si no le estás quitando el pan a los demás porque ellos no lo tienen. Y no saben; claro que no saben porque no piensan en las consecuencias de sus actos, ni tienen conciencia del daño que pueden causar cuando toman esas decisiones. No saben que la instalación de un ascensor revaloriza la propiedad en casi un 20% de su valor actual. No saben que la gente mas mayor de la comunidad vive casi toda en los pisos altos, que su longevidad les incomoda subir tres o cuatro pisos por unas escaleras, no les molesta subir un tramo o dos, pero si es muy cansado hacer tres o cuatro. Además, algunos tienen problemas de salud que les dificultan esa ascensión, un elevador disminuiría esas dificultades. No saben que mantener un buen ambiente en la comunidad, con sus vecinos ayudaría a comprender mejor las razones que impulsan a la mejora de las instalaciones. No saben que con el tiempo ellos estarán en la situación que la edad pone a los humanos. ¡Ya aprenderán! Me dice un amigo, lo dudo, esa gente no aprende nunca, avanzan por un camino seguro, el de sus convencimientos, cortos convencimientos, que si están asistidos por la iluminación del conocimiento les confiere un estatus superior de estupidez máxima ante la que es inútil rebatirla, su convencimiento llega a tal grado solo comparable a un fanatismo rayando con la temeridad más absoluta.

Decía un sabio “No hay peor tonto que aquel que es ilustrado, su conocimiento le hace ser doblemente estúpido” Eso debe ser lo que ocurre con estos personajes, uno ilustrado en leyes y el otro en cultura. Tiene el leguleyo un aire de altivez que casi tienes la impresión de que mira por encima del hombro, un tanto alejado como poniendo distancia. Es ese aire que da el hecho de creer que se sabe de todo. El otro es muy leído, de oficio humilde, la lectura le ha debido comer los sesos, como al Quijote, y a veces para dar la impresión de tener la razón alza la voz queriendo imponer su criterio por encima de los demás. Negado para las relaciones sociales se aísla en su balcón con frecuencia embutido en sus lecturas.





(1)   Allegro ma non troppo. Carlo M. Cipolla. Ed. Grijalbo.1998





   


jueves, 20 de junio de 2019

La Estupidez y el Conocimiento.




Dicen que el conocimiento hace libres a las personas, pues el saber despierta el espíritu de nuestro entendimiento, todo ello permite a ser humano utilizar una de las cualidades que la naturaleza nos ha dado, que es la inteligencia, y con ella poder elegir opciones, caminos y decisiones apoyados en conceptos fundados de la realidad más próxima a nosotros. ¡Pues bien! Con la estupidez esto no funciona, al menos así, mas bien la estupidez produce ideas o actos que generaran problemas de considerables proporciones, algo que veremos en las consecuencias que puedan ocasionar.

Históricamente la estupidez se la ha asociado a la ignorancia, pero eso no es cierto, al menos no del todo. El desconocimiento no es productor de estupidez, solo de acciones erradas por falta de conocimiento. A lo largo de nuestra experiencia hemos podido comprobar que gentes etiquetadas de ignorantes, o simplemente incultas, son capaces de tomar decisiones o solucionar problemas complejos de su vida con auténtico sentido común e inteligencia digna del más docto de los humanos, se conoce este fenómeno como "inteligencia natural". También, entre nuestras vivencias, hemos podido evidenciar la existencia de doctores, licenciados, diplomados, empresarios, etc de cualquier disciplina cuyo comportamiento no ha estado a la altura de su categoría social o académica, mas bien está a la altura de la suela de los zapatos del más torpe de los humanos ignorantes. Se dice por ahí que un título no da sapiencia a quien lo posee.

“Ni la ignorancia es falta de talento, ni la sabiduría es prueba de genio.” Luc de Clapiers; Marqués de Vauvenargnes.

Todo esto quiere decir que el conocimiento, o la ausencia de él, no tiene el peso que se cree suponer en comportamiento de las personas. Cuando un entendimiento real de las cosas está asociado a una inteligencia capaz de influir en el desarrollo de una conducta personal coherente, entonces si tiene cuenta, pues con sus hechos demuestra no ser estúpida. No obstante estamos en situación de poder afirmar que eso ocurre en un número reducido de personas, mientras que son muy numerosas aquellas que sufren bajo esa epidemia que se llama estupidez.

Dice Lucien Jerphagnon en su libro ¿LA ESTUPIDEZ? Veintiocho siglos hablando de ella. “Que la estupidez disminuye con el saber, como la migraña con una aspirina. Que bien administrado el conocimiento en una educación adecuada, el saber evitará la estupidez. Como una vacuna. Sería demasiado bonito.”

Curiosamente el efecto que la educación produce con la estupidez es totalmente incomprensible, todo lo contrario, el conocimiento les vuelve doblemente estúpidos, pedantes y verdaderamente insoportables, el conocimiento les genera efectos verdaderamente perversos. Sigue “Y todavía hay algo peor: peregrinamente engalanada con los conocimientos acumulados, la estupidez puede cobrar mayor lustre y resultar aún más perjudicial.”



Epicteto en sus disertaciones escribe lo siguiente sobre esto mismo como proverbio definitivo de la asociación de saber y estupidez. “Creo que por fin entiendo algo que en otra época fui incapaz de comprender el sentido del proverbio: El insensato no se deja persuadir ni derrotar. Ojalá no me toque como amigo un sabio que sea un insensato. ¡Nada más difícil de manejar!

Estaremos de acuerdo que por cualquier sociedad circulan cantidad de sabios insensatos, a veces muy insensatos que ocupan lugar, no solo en sitios preeminentes y toman decisiones que afectan a la sociedad, también tratan de ocupar nuestras mentes con sus irreflexivos razonamientos faltos de la más simple lógica. 
Esta falta de juicio alocado, necio, desatinado, imprudente, irreflexivo e irrazonable, a veces exagerado en la actual política, está conduciendo a la confusión de la sociedad que sufre este colmo de estupideces. Cuando un político toma una decisión estúpida, que las toman a diario, le siguen a continuación en cascada una serie contínua de decisiones a cada cual más insensata, afectando gravemente a la sociedad.
Si bien, como persona individual se puede controlar mas o menos a un insensato, o un estúpido, como se prefiera, Cuando entran toda esta caterva de incoherentes decisiones, se puede dar por cierto que la sociedad está decididamente abocada a la extinción próxima, como lo está un rebaño de ovejas conducidas a un precipicio cegadas por la propia multitud que no ve más allá de sus propias narices. Solo alguien que levante la cabeza y vea que es lo que hay delante intentará darse la vuelta e ir contra corriente a pesar del peligro de ser engullido por la turba que se está suicidando.

Volviendo al conocimiento y la estupidez. Nos admira ver que hay mucha gente que acumula una gran cantidad de conocimientos, pero que su mente funciona como un almacén de mercancías, todo ello ordenado y clasificado esperando el momento oportuno de ser empleado en el momento oportuno. Es decir, que cualquier estúpido que adolezca de dicha forma de pensamiento, no le da otra utilidad al saber mas que “Yo sé de esto” y lo defenderá como verdad absoluta pues no entendería que un pensamiento puede tener más de un aspecto o visión, la suya es una visión única pues así lo conserva almacenado. Cualquier individuo, con un poco de espíritu crítico y dentro del común de los sentidos, puede conseguir que su mente funcione como una máquina perfectamente engrasada, sincronizada y ajustada a los principios básicos del razonamiento. Cada elemento almacenado juega un papel a veces enlazado jerárquicamente o matricialmente de forma que relaciona toda la información acumulada para obtener una conclusión. De alguna forma cada elemento del saber es una célula activa que ayuda a proceso del pensamiento para generar conclusiones, decisiones y acciones encaminadas a una utilidad personal o social. “El estúpido que tiene mucha memoria está lleno de pensamientos y hechos; pero no sabe sacar conclusiones de ellos, eso es todo.” Luc de Clapiers; Marqués de Vauvenargnes.  
En este sentido Chateaubriand dijo una vez en sus memorias de ultratumba que “La memoria es a menudo un rasgo distintivo de la estupidez; generalmente es propia de los espíritus lerdos, a los que vuelve aún más pesados por los discursos con que los sobrecarga.” Algo realmente verosímil pues es frecuente encontrar autenticas arengas de cualquier tema que van recargadas de información perfectamente inútil a cargo de políticos, empresarios y charlatanes de todo orden en exposiciones vacuas y sin sentido. ¿Quién no ha asistido a un mitin, o una exposición en la cámara de diputados, a cargo de algún distinguido gobernante, que al final de su discurso tenemos la sensación de no haber escuchado ningún mensaje o información relevante? Este tipo de individuos son de esos insensatos que toman por estúpidos a sus oyentes, pues es de hacer valer el hecho de que hay algo en la estupidez que es terrible, y es que puede parecerse a la mas profunda sabiduría a poco que oigamos y no escuchemos.
En los discursos que se relaten cosas de memoria, empiristas, el sujeto siempre manifiesta no conocer la idiotez, es claro, quien va a saber lo que es la estupidez si navega en ella.

Con respecto a la enseñanza, esa educación que comienza en la niñez y no acaba hasta que acaba la vida, para los espíritus inquietos claro, hay que decir que los lerdos nunca aprenden, por mucho que se empeñen, pues está en su carácter idiota el no entender nada de lo que se les instruye, es más si tal ocurre, aprender algo, el estudio lo vuelve más imbécil, zoquete, fantasioso y embobado. Ocurre con mucho docto titulado que sus argumentos en cualquier foro son siempre los mismos, y éstos están basados en el mismo fundamento, tener un título que comienza “El jefe del estado…” y con eso ya tienen suficiente para vagar por la vida. Fijense que digo vagar, no caminar, que eso es otra cosa. Cuando a un lerdo, de los muchos que hay nuestro alrededor, llega a conseguir, no solo un título, sino un puestillo, la asociación de ambas circunstancias le convierten en un auténtico pedante sobre un pedestal, algo complicado de poder controlar.
Ocurre en todos los ámbitos de la sociedad, juristas, soldados, funcionarios, médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, una salvedad con los abogados, la mayoría suelen acceder a la política y es tal la supremacía de la que están poseídos que creen que ellos solos pueden arreglar el mundo, lo que es el colmo de la estupidez, pues este mundo no solo está basado en principios leguleyos, de lo que son maestros, pero ellos se afanan en darle la vuelta a las cosas para vanagloria propia, el arte de la oratoria les  proporciona pingües beneficios en todos los ámbitos en los que pueden actuar. Suelen hacer largos preámbulos en sus oratorias o escritos para justificar o elogiar sus estupideces lo cual es el colmo, pues solo ellos entienden esa jerga que es igual de complicada que la de los cirujanos cuando les da por darse pote.
Hoy en internet me ha aparecido una cita, no sé de quien es, posiblemente popular, que dice lo siguiente: “El estúpido, en realidad se dice gilipoyas, no tiene bastante con serlo, necesita demostrarlo.” ¡Genial! ¿No? Y cuanto mas exponga su saber, mas se muestra como es.



martes, 4 de junio de 2019


¿Es cierto que hay tantos estúpidos?



Al menos es lo que han pensado muchos intelectuales, científicos, escritores, pensadores, filósofos o incluso santos. Realmente es difícil cuantificar a que porcentaje, y por lo tanto número, de la población afectada por esta “cualidad” (Vea que lo he puesto entre comillas, tengo mis dudas que sea una cualidad como tal, o una remora colgada del cerebro) A lo largo de la historia la estupidez ha sido reiteradamente denunciada por personas de reconocida solvencia cultural e intelectual, Platón, Aristóteles, Erasmo, San Agustín, etc. Veían como decisiones eran tomadas por gobernantes de todo tipo conducían al desastre a toda una sociedad o un Imperio.

Como dice Carlo M. Cipolla, “La humanidad se encuentra – y sobre esto el acuerdo es unánime- en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad. Si uno se atreve a mirar hacia atrás, se da cuenta de que siempre ha estado en un estado deplorable”.  Verdadera sabiduría, pues la estupidez ha obrado con rigor durante toda la historia generando no pocos desastres a través de miles de años.

Esto quiere decir que no solo los estúpidos son muchos, han sido muchos durante mucho tiempo, casi todo el tiempo, desde siempre.





“En efecto, la de los imbéciles es una familia muy numerosa”

Simónides, citado en Platón, Protágoras., 346 A.de C.



Aunque el autor trata de explicarnos que, aquellos de los que habla, son muchos, lo hace en metáfora, obviamente la de los estúpidos no es una familia, como tal se la debe entender. La familia es otra cosa, aunque también puede ocurrir que dentro de cualquier grupo familiar haya algún idiota, varios o toda ella esté compuesta por un nutrido grupo familiar de imbéciles. Pero eso es otra historia.

En todo caso la estupidez sería una variable dentro del homo sapiens, o no tan sapiens, así debemos decirlo.

La familia se identifica por la identidad consanguínea de forma descendente, pero se forma desde la atracción mutua en una pareja, que conduce al sexo y como consecuencia del mismo culmina en la reproducción, así se forma una familia. Desde luego está lejos de que la estupidez pueda formar una familia, sea numeroso o muy numeroso el grupo que lo forme. No hay consanguinidad, salvo por el hecho casual aislado de algunos individuos que puedan coincidir en la misma familia, algo no tan inverosímil, pues el contacto genera contagio y la estupidez tiene formas de infección realmente sorprendentes.

Ese grupo al que se refiere el autor es muy heterogéneo está compuesto de   humanos sin que entre ellos existan vínculos afectivos, por lo tanto, no hay unión, ni sexo, excluyendo claro, la reproducción. Es sorprendente que sin reproducción el número de estúpidos crezca día tras día, no estamos seguros cual es el desencadenante, o la forma en que el grupo crece, si es por generación espontánea, por crecimiento exponencial, o por progresión geométrica. El caso es que la población mundial aumenta año tras año de forma alarmante para la inquietud de los pocos que nos damos cuenta que este crecimiento no hace más que llenar el mundo de estúpidos, que siendo importante su número, sin cuantificar ¡eh!, nos hace pensar que la tierra se va al desastre de manera inexorable.

        

                                             



“El número de necios es infinito” Eclesiastés. I, 15



Permítanme la ligereza de afirmar que el Eclesiastés se equivoca en esta apreciación sobre la necedad. Siendo, como es, la estupidez una cualidad humana como otra cualquiera, se entiende que la poseen las personas humanas sin otra apreciación sobre cualquier especie que habite sobre la tierra. Pues bien, si esta cualidad humana la poseen los humanos y los humanos que habitan la tierra es un número finito, siete mil millones, por ejemplo, también será finito el número de estúpidos, incluso me atrevo a decir que puede ser sensiblemente inferior, pero muy poco. Hay quien afirma que toda la humanidad es afecta por la idiotez, puede ser, cualquiera puede cometer una estupidez en uno o varios momentos de su vida, lo que nos daría un valor absoluto del cien por cien. Creo que es aventurado decirlo así, no todos estamos afectados por la sandez de forma clara y permanente como se manifiesta a diario en todos los círculos sociales conocidos.





“Inmensa es la multitud de imbéciles”. San Agustín. Contra los académicos. I 1-2



Apreciación muy acertada, es un concepto mas cercano puesto que nos deja a nuestro criterio la interpretación de la palabra “Inmensa” siempre bajo el criterio de lo limitada que es la población humana.

Tiene San Agustín dos citas más sobre los idiotas que analizaremos a continuación.



“La mayoría de los hombres son idiotas. Eso también es sabido”. Del libre albedrío. I,8,19

“En efecto, los lerdos constituyen la gran masa”.  La dimensión del alma, XII.



Dos anotaciones más cuantificando, a grandes rasgos, lo que puede ser la población de imbéciles y el impacto general que sobre la población puede generar. Cierto es que a veces estamos rodeados de idiotas sin que nos demos cuenta, la sandez navega a nuestro alrededor y no la percibimos por falta de atención, o bien por aquella sensación de no darle importancia a lo que oímos a nuestro alrededor. Si prestáramos la vigilancia adecuada de lo que se manifiesta en nuestro entorno, o en los medios de comunicación hoy en día, nos daremos cuenta que nuestra sociedad sobrevive a pesar del cúmulo de estupideces que se dicen o lo que es peor, que se proponen.










lunes, 5 de marzo de 2018

Ante la poca difusión de la que ha dispuesto éste artículo, algo verdaderamente raro, me veo en la obligación de publicarlo de nuevo. A ver si ahora triunfa.





El principio de Peter.(1)

Tratado sobre la incompetencia o por qué las cosas van siempre mal.
El principio de Peter es un estudio científico llevado a cabo por el Dr. Laurence J. Peter (1919-1990) insigne pedagogo de la Universidad de California donde llegó a ser profesor titular del departamento de Pedagogía. Con la colaboración de Raymon Hull, escritor y comentarista de televisión canadiense, publica en 1968 la primera edición del libro “El principio de Peter”, que enseguida se convierte en un éxito.
En el inicio del texto explica los pormenores de la investigación a la que se entrega y por qué. El análisis histórico de hechos que acabaron mal y cuales fueron sus causas, le llevó a exponer que solo la incompetencia era la única causante de dichos desastres. Plantea en su teoría que todos los seres humanos debidamente jerarquizados, ascienden en la pirámide social o laboral hasta alcanzar su nivel de incompetencia. Con sentido del humor, plantea que ha descubierto una nueva ciencia de la que nadie se ha ocupado, la jerarquiología, inadvertidamente, había fundado el estudio de las jerarquías.
¿En qué consiste el principio de Peter? Definición: En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.
Desde luego, muchos empleados o simplemente actividades, que están jerarquizadas y que son desempeñadas de forma competente son la plataforma para un ascenso a un nivel superior para alcanzar un nivel de competencia o incompetencia según las habilidades del empleado. Si ha alcanzado su nivel de incompetencia, ese será su destino final. Una vez instalado en él quedará anclado en esa categoría para siempre.
Con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.
Naturalmente, es raro que se encuentre en el sistema que todos los empleados hayan encontrado su nivel de incompetencia. En la mayoría de los casos, alguien está realizando su labor orientada a la finalidad de esa sociedad jerarquizada.
El trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado su nivel de incompetencia.
Propone de forma muy coherente el principio que pudiera explicar por qué tantos puestos importantes son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivas ocupaciones.
Explica este principio la realidad de muchos círculos sociales con un objetivo final. Los miembros más eficaces de esa sociedad suelen ser elevados a categorías superiores, mediante ascensos por merecimientos laborales contrastados. Ocurre que, sin embargo, el nuevo puesto puede no ser el apropiado para las características del ascendido, abocándole al fracaso en su nueva actividad, es decir que ha llegado a su nivel de incompetencia.

En el final del prólogo del libro explica en pocos párrafos la justificación de éste estudio sobre la incompetencia, por tanto de la estupidez humana. Transcribo literalmente el final de ese prólogo.
Como individuos, tendemos a trepar hacia nuestros niveles de incompetencia. Nos comportamos como si lo mejor fuese trepar cada vez más arriba, y el resultado lo tenemos a nuestro alrededor: las trágicas víctimas de su irreflexiva escalada.
Vemos a los hombres en grupos, y a la mayoría de la raza humana pugnando por alcanzar una mejor posición como sobre un molino de ruedas de escalones irregulares, escalando con uñas y dientes para aniquilar a la población del mundo, escalando producción de fuerza y elementos, mientras se contamina el ambiente y se perturba el equilibrio ecológico que mantiene la vida.
Si el hombre quiere rescatarse a si mismo de una futura existencia intolerable, debe, ante todo, ver a donde le conduce su insensata escalada. Debe examinar sus objetivos y comprender que el verdadero progreso se logra moviéndose hacia adelante en busca de una mejor forma de vida, en vez de hacerlo hacia arriba, hacia la incompetencia total de la vida. El hombre debe comprender que la calidad de la experiencia es más importante que la adquisición de inútiles artefactos y posesiones materiales. Debe dar de nuevo significación a la vida y decidir si usará su inteligencia para preservación de la raza humana y el desarrollo de las características humanísticas del hombre, o bien si seguirá utilizando su potencial creador en la escalada hacia una super colosal trampa mortal.
Ocasionalmente, el hombre capta un destello de su imagen en el espejo, y, por no reconocerse inmediatamente a sí mismo en él, empieza a reír antes de comprender lo que está haciendo. Y en tales momentos es cuando se produce el verdadero progreso hacia el entendimiento.
Mas claro no se puede decir, no se trata de que el ser humano escale en la pirámide social, fuere la que fuere, se trata de caminar hacia adelante empleando para ella el poder de nuestra mente, la inteligencia, cualidad que nos permite ser diferentes de los demás seres vivos, tiene la particularidad de conducirnos a la reflexión mediante métodos de pensamiento, ser reflexivos y elegir adecuadamente con la experiencia como aprendizaje.

      (1)    Publicado en inglés en 1969. En 1970 Plaza y Janes lo hace en castellano.
La edición que he leído es de 1983.









martes, 6 de febrero de 2018

Antónimos de la Estupidez




INTELIGENCIA:


Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad. La inteligencia es una capacidad mental muy general que implica habilidad para razonar, planificar, resolver problemas, pensar de forma abstracta... La inteligencia es la capacidad de elegir, entre varias posibilidades, aquella opción más acertada para la resolución de inconvenientes y dificultades. En este sentido, cabe distinguirla de la sabiduría, en tanto que esta última es tan solo una acumulación de conocimiento, mientras que la inteligencia implica hacer un uso sensato de ese saber. No obstante, el modo para identificar la cualidad de ser inteligente ha sido enormemente debatido.... La inteligencia es una cualidad que todos los seres humanos poseemos, aunque no todos podemos tenerla de igual manera estimulada y desarrollada. Se trata de poner en juego nuestros conocimientos y aptitudes en todas las acciones de nuestra vida cotidiana, y por ello somos capaces de desafiar obstáculos.

El término inteligencia proviene del latín intelligentia, que a su vez deriva de inteligere. Esta es una palabra compuesta por otros dos términos: intus (“entre”) y legere (“escoger”). Por lo tanto, el origen etimológico del concepto de inteligencia hace referencia a quien sabe elegir: la inteligencia posibilita la selección de las alternativas más convenientes para la resolución de situaciones. De acuerdo a lo descrito en la etimología, un individuo es inteligente cuando es capaz de de escoger la mejor opción entre las posibilidades que se presentan a su alcance para solventar cualquier complicación.

Con estas definiciones, hay muchas más, pero caeríamos en reiteración porque en esencia todas dicen lo mismo,  fruto del estudio de diversas fuentes autorizadas del mundo intelectual, he querido hacer una semblanza para dar una idea clara sobre en que consiste la inteligencia. Pero vayamos por partes, antes de etiquetar a un estúpido como alguien falto de ella, se ha de decir que cualquiera en un momento dado puede cometer una estupidez, hasta las personas más capacitadas intelectualmente pueden llegar a ello, y no por eso los vamos a tildar de estúpidos. Si se llevan ese apelativo aquellos humanos que reiteran perniciosamente en la producción de estupideces de forma continua y en la forma que fuere. Ahí es donde entra el valor de la inteligencia, o mejor dicho la ausencia de ella como factor determinante en el comportamiento de un individuo.

Decía al inicio que la inteligencia es la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad, con las características propias de cada persona eso podríamos llamarlo un comportamiento inteligente dentro de lo posible. El estúpido no comprende siquiera este razonamiento simple porque es incapaz de asociar ideas o/y pensamientos ligados de una forma lógica o realista.

La resolución de problemas, para estas personas, siempre están ligadas a aspectos que muchas veces no tienen mucho que ver con el problema en si realmente, por lo que las posibilidades de acertar en la real solución de dicha dificultad se ven muy reducidas.

Tienden insistentemente a presumir de saber muchas cosas y conocer bien a las personas. Bueno la sabiduría o la sapiencia tienen mucho que ver con el almacén de conocimientos de una persona y su adecuada aplicación de esos conocimientos. El estúpido suele ser bastante inculto y a muchas veces ignorante, aunque no lo parezca. También se puede dar la posibilidad de que encontremos alguno que es “versado” en alguna materia, con él encontraremos el colmo de la estupidez, su conocimiento le hará doblemente estúpido.

En la introducción se anota el siguiente párrafo: La inteligencia es una cualidad que todos los seres humanos poseemos, aunque no todos podemos tenerla de igual manera estimulada y desarrollada.  

Estoy convencido que los estúpidos pertenecen a esta última, su inteligencia está poco desarrollada, en algunos casos nada desarrollada y en muchos es nula. La cerrazón y categórica manera de expresar sus pensamientos indican poco desarrollo de la capacidad de razonar.

Aunque el término antónimo, desde el punto de vista lingüístico, expresa lo contrario de un concepto, también hay otras palabras que se oponen a la inteligencia aparte de estúpido, idiota o débil mental son categorías psicológicas que determinan la capacidad intelectual de determinados individuos.

La verdad es que si queremos ser algo más precisos para la estupidez el mejor antónimo sería el de entendimiento o comprensión. Para ello habrá que sumar ciertos aspectos que acompañan a la inteligencia como son: la sagacidad, la perspicacia, astucia, agudeza y habilidades. De ellas hablaremos más adelante.

domingo, 4 de febrero de 2018

Dunning-Kruger



Volviendo a la senda.



Como todo en la vida tiende a ser complicado, a mí me ha tocado esa situación compleja en las cosas de la escritura y me he entretenido demasiado en algunas laderas de la creación dejando de lado otras, tan o más interesantes.
Me dispongo a recuperar el tiempo perdido con la estupidez en artículos, tema cuando menos apasionante por lo inexplicable.

Retomamos la secuencia abordando un tema muy serio, científico que ha llegado a cuajar en un estudio socio psicológico como se puede cuantificar la estupidez en forma de incompetencia psicológica. Me refiero al trabajo llevado a cabo por David Dunning y Justin Kruger de la Universidad de Cornell que concluyeron: «La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás.».

El efecto o síndrome Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas que están más preparadas, midiendo erróneamente su habilidad por encima de lo real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva del sujeto para reconocer su propia ineptitud. Por otra parte, los individuos altamente cualificados tienden a subestimar su competencia relativa, asumiendo erróneamente que las tareas que son fáciles para ellos también son fáciles para otros.

Bien, después de esta sesuda explicación, propia de estudiosos, vamos al grano. Los incapaces o incompetentes suelen darse un valor del que no disfrutan, se consideran a si mismos hábiles e inteligentes, algo muy alejado de su cruda realidad. Por el contrario, las personas capaces y competentes, tienden a dar poca importancia a esas habilidades de la inteligencia, es más suelen estar en duda mas o menos constante, reconsideran con frecuencia pensamientos, actitudes, conocimientos, etc. El incompetente no duda nunca de sus verdades, suele ser alguien con poca formación e información de cualquier tema que puedan abordar, sin embargo, se manifiesta completamente seguro, sus verdades son firmes, aunque sean falsas, y suelen ser vehementes al defenderlas, lo que invalida cualquier forma de dialogo con ellas.

«La ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento» Esto manifestó Charles Darwing, eso es debido a la falta de habilidad de comprensión en determinados temas o situaciones, no olvidemos que el incapaz, el estúpido o el incompetente son personas con limitada capacidad intelectual de ahí que su comportamiento no esté adecuado a la realidad, por eso no pueden reconocer su extrema insuficiencia. Tienden a sobreestimar su propia habilidad y a infravalorar la capacidad o habilidades de otros. Si pueden ser entrenados para mejorar, puede que lleguen a reconocer y aceptar su falta de habilidad previa.

El Efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, miden de forma incorrecta su habilidad por encima de lo real. «Esa incompetencia les impide a su vez darse cuenta de la ausencia de esa habilidad en ellos mismos, así como reconocerla en otros individuos.» Sic.

“Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos y que la gente con imaginación, que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”. Bertrand Russel

Discutir con un estúpido o un incompetente no tiene sentido, el siempre va a estar muy seguro de lo que dice y el problema viene porque las personas que tienen una opinión no informada sobre algo que no entienden, pero aún así proclaman que su opinión es perfectamente válida, son una lacra. Ninguno quiere informarse, solo quieren tener razón. Si en una discusión tienes que insistir en que ganaste, es probable que hayas perdido miserablemente.



Conclusión

Efecto Dunning-Kruger:

Cuanto menos sabemos, más listos creemos ser.









sábado, 30 de septiembre de 2017

El principio de Peter




El principio de Peter.(1)

Tratado sobre la incompetencia o por qué las cosas van siempre mal.
El principio de Peter es un estudio científico llevado a cabo por el Dr. Laurence J. Peter (1919-1990) insigne pedagogo de la Universidad de California donde llegó a ser profesor titular del departamento de Pedagogía. Con la colaboración de Raymon Hull, escritor y comentarista de televisión canadiense, publica en 1968 la primera edición del libro “El principio de Peter”, que enseguida se convierte en un éxito.
En el inicio del texto explica los pormenores de la investigación a la que se entrega y por qué. El análisis histórico de hechos que acabaron mal y cuales fueron sus causas, le llevó a exponer que solo la incompetencia era la única causante de dichos desastres. Plantea en su teoría que todos los seres humanos debidamente jerarquizados, ascienden en la pirámide social o laboral hasta alcanzar su nivel de incompetencia. Con sentido del humor, plantea que ha descubierto una nueva ciencia de la que nadie se ha ocupado, la jerarquiología, inadvertidamente, había fundado el estudio de las jerarquías.
¿En qué consiste el principio de Peter? Definición: En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.
Desde luego, muchos empleados o simplemente actividades, que están jerarquizadas y que son desempeñadas de forma competente son la plataforma para un ascenso a un nivel superior para alcanzar un nivel de competencia o incompetencia según las habilidades del empleado. Si ha alcanzado su nivel de incompetencia, ese será su destino final. Una vez instalado en él quedará anclado en esa categoría para siempre.
Con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.
Naturalmente, es raro que se encuentre en el sistema que todos los empleados hayan encontrado su nivel de incompetencia. En la mayoría de los casos, alguien está realizando su labor orientada a la finalidad de esa sociedad jerarquizada.
El trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado su nivel de incompetencia.
Propone de forma muy coherente el principio que pudiera explicar por qué tantos puestos importantes son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivas ocupaciones.
Explica este principio la realidad de muchos círculos sociales con un objetivo final. Los miembros más eficaces de esa sociedad suelen ser elevados a categorías superiores, mediante ascensos por merecimientos laborales contrastados. Ocurre que, sin embargo, el nuevo puesto puede no ser el apropiado para las características del ascendido, abocándole al fracaso en su nueva actividad, es decir que ha llegado a su nivel de incompetencia.

En el final del prólogo del libro explica en pocos párrafos la justificación de éste estudio sobre la incompetencia, por tanto de la estupidez humana. Transcribo literalmente el final de ese prólogo.
Como individuos, tendemos a trepar hacia nuestros niveles de incompetencia. Nos comportamos como si lo mejor fuese trepar cada vez más arriba, y el resultado lo tenemos a nuestro alrededor: las trágicas víctimas de su irreflexiva escalada.
Vemos a los hombres en grupos, y a la mayoría de la raza humana pugnando por alcanzar una mejor posición como sobre un molino de ruedas de escalones irregulares, escalando con uñas y dientes para aniquilar a la población del mundo, escalando producción de fuerza y elementos, mientras se contamina el ambiente y se perturba el equilibrio ecológico que mantiene la vida.
Si el hombre quiere rescatarse a si mismo de una futura existencia intolerable, debe, ante todo, ver a donde le conduce su insensata escalada. Debe examinar sus objetivos y comprender que el verdadero progreso se logra moviéndose hacia adelante en busca de una mejor forma de vida, en vez de hacerlo hacia arriba, hacia la incompetencia total de la vida. El hombre debe comprender que la calidad de la experiencia es más importante que la adquisición de inútiles artefactos y posesiones materiales. Debe dar de nuevo significación a la vida y decidir si usará su inteligencia para preservación de la raza humana y el desarrollo de las características humanísticas del hombre, o bien si seguirá utilizando su potencial creador en la escalada hacia una super colosal trampa mortal.
Ocasionalmente, el hombre capta un destello de su imagen en el espejo, y, por no reconocerse inmediatamente a sí mismo en él, empieza a reír antes de comprender lo que está haciendo. Y en tales momentos es cuando se produce el verdadero progreso hacia el entendimiento.
Mas claro no se puede decir, no se trata de que el ser humano escale en la pirámide social, fuere la que fuere, se trata de caminar hacia adelante empleando para ella el poder de nuestra mente, la inteligencia, cualidad que nos permite ser diferentes de los demás seres vivos, tiene la particularidad de conducirnos a la reflexión mediante métodos de pensamiento, ser reflexivos y elegir adecuadamente con la experiencia como aprendizaje.

      (1)    Publicado en inglés en 1969. En 1970 Plaza y Janes lo hace en castellano.
La edición que he leído es de 1983.






miércoles, 1 de febrero de 2017

LA GUERRA EN CURSO

UNA CLASE MAGISTRAL DE HISTORIA UNIVERSAL.
Este artículo ha caido en mis manos  hace unos días. Después de leerlo varias veces he pensado que, lo que expone aquí Arturo Perez Reverte, es una verdad histórica lapidaria que se repite de forma constante desde que conocemos la evolución de los pueblos sobre la Tierra.
Os preguntareis porque lo expongo aquí, si esto es una lección de historia, Pues es cierto. Sin embargo es el ejemplo paradigmático  de la estupidez humana elevada a concepción global sobre la raza humana. Cuando acabes de leerolo , lo entenderás. La estupidez copa actualmente las esferas del poder en las comunidades más avanzadas. Estamnos gobernados por individuos incompetentes, codiciosos, incultos, llenos de soberbia que no entienden el devenir de la historia. Mejor lo explica el autor en esta crónica.
Lo reproduzco tal cual lo he recibido.

30 OCTUBRE, 2016
Una continuidad de enfrentamientos desde Maraton, Salamina, Platea, Lepanto, Viena, Nueva York, la era de las batallas decisivas enfrentando ejércitos ha terminado, ahora estamos en una guerra, no digo quien tiene razón, quien es culpable ni sermoneo sobre el tema.
Pero que estamos en guerra, no cabe la menor duda, y no es la guerra al estilo de Waterloo o Normandía o Stalingrado, es una guerra de miles de hechos acumulados, esporádicos, de guerrillas, sin
declaraciones ni banderas ni cargas de caballería, y a eso se enfrenta Europa y sus posibilidades, honestamente, no son las mejores, basta saber un poco de historia.

Una cosa es integración… ¡Bienvenida! … pero no se engañen, acá estamos frente a una invasión a toda regla, en cámara lenta, que tampoco se gana con muros ni fronteras ni extradiciones, a esta altura eso es irrelevante.
Esto no se arregla con pitecantropus como Le Pen o Neo Nazis, es tan compleja que pocos saben lo que hacer.
Y lo peor es que no todos los “moros” son enemigos……
Por lo que es inútil hacer una barbaridad al estilo de Simon de Montfort, cuando mandó matar a todos los habitantes de una ciudad durante la “Cruzada” contra los Albingenses y alguien le dice: ¡Sire, hay buenos católicos entre ellos! Y él responde… ¡Matadlos a todos Dios separará a los buenos de los malos!
Así que las soluciones facilonas xenofóbicas tampoco caminan. ¡Jodida situación!
Los que saben algo de historia, entienden lo que digo.
Hoy es Paris, porque sale en todos los medios y todos lo saben, ¿pero cuantos saben de Aleppo o Darfur o Somalia?
Es una guerra mundial, que empezó hace mucho, y estamos en el medio de ella, aunque los bienpensantes y bien intencionados digan que no.
Desde el punto de vista histórico (la Historia siempre se repite) la situación es llamativamente similar a la de LOS GODOS DEL EMPERADOR VALENTE. En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas bárbaras de Atila. Por diversas razones – entre otras, que Roma ya no era lo que había sido – se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.
Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado o que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender.
Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos.
Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte.

El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente
  • ese imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y se emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa,
es que todo eso – Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire – tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Por eso Occidente está pagando nuestros pecados.
La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais (religión mezclada con liderazgos tribales) hacen difícil la democracia, pusieron a
hervir la caldera. Cayeron los centuriones – bárbaros también, como al final de todos los imperios – que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros – en el sentido histórico de la palabra – que cabalgan detrás de ellos.
Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron.

Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados.
Los condenan nuestro egoísmo, nuestro ‘buenismo’ hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.
A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los ‘modernos godos’ lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo.

Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean ONGs, no fuerzas militares.
Toda actuación vigorosa – y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia – queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939.

Cualquier actuación contra los que empujan a los nuevos ‘godos’ es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias.
Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción.

El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades.
La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la Humanidad y por desgracia para el imperio.
Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida.

Pero las cosas no son tan simples. Los ‘godos’ seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre.
Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.
Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables.
Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho.
Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos.Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable.

Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una
policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder.


Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana – no todos eran bárbaros – ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia.
«Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se
vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo,
en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros.
Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables.

Una, es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes.

  • Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene.
  • Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue.
  • Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso.
  • Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual.
  • Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes – llegado el caso – de la digna altivez del suicidio.
  • Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney.

Ya es hora que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.
ES LA GUERRA SANTA, ¡IDIOTAS!
Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor – treinta años de cómplice amistad – se recuesta en la silla, sonríe, amargo, y me dice: «No se dan cuenta, esos idiotas que esto es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta».
Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra y la estamos perdiendo por nuestra estupidez…. sonriéndole al enemigo».
Mientras lo escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas.

Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Homeini y sus ayatollás.

Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final – sorpresa para los idiotas profesionales – resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, acaban siendo administradas por imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII:
«Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque esto que está ocurriendo, es la Yihad….. ¡ idiotas !.
Es la guerra santa.
  • Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí.

  • Lo sabe quién haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez.

  • Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por ser infieles al Islam, de adúlteras lapidadas – cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas -, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» mientras docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles.

  • Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán – no en Iraq, sino en Australia – exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta».

  • Lo sabe quién vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán – no en Damasco, sino en Londres – donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».
A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Para poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Para ponerte falda corta sin que te llamen puta. 
Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe.
Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros.
Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones (ellos y ellas) muy puestos en su sitio.
Dar mala imagen en YouTube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra.
Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socios teológicos.
Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa imbecilidad.
  • Es un suicidio.
  • Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién.
  • Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma.
Porque es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

ARTURO PEREZ REVERTE